sábado, 29 de noviembre de 2008

Run away run



Esta es la historia de una sonrisa que se convirtió en maratonista.
Y quien dice maratonista dice poco.
Porque la sonrisa es hoy por hoy una atleta integral.
Reina de los catorce picos.
As del rappel.
Triatlonista furibunda.
Ella puede con todo.

(Hace poco, se encontró en una playa una palmera derribada.
Cogió el tronco, lo alzó sobre su hombro, despegó en carrerilla y lo clavó en la arena.
Tras el impulso saltó, tomó altura, voló, hizo dos tirabuzones en el aire y volvió a tierra certera y tiesa como una estaca.
Sin perder un segundo recuperó la palmera y la lanzó al mar como una jabalina.
No dejó que tocara el agua.
Nadó veloz a recogerla y la trajo de vuelta como hacen los chuchos cuando alguien les lanza una ramita).

No siempre fue así.
Hubo un tiempo en que trabajaba sentada en una silla frente al ordenador.

Una tarde la asaltó un pellizco molesto.
Miró hacia el dolor.
Una hormiga muy grande y muy roja se cebaba con su dedo gordo.
Llevaba botas de goma pero aún así la podía ver.

(Le preguntó a su compañera ¿has visto que hormiga tan rara me pica el dedo?
La compañera contestó sin mirar: cambia de camello, tía. O mejor, dame su número…).

La sonrisa vio con pánico cómo una marabunta de hormigas subía por su cuerpo.

(Primero debajo de su ropa y luego debajo de la piel).

Comenzó a moverse como una posesa.
Pero nada la libraba de las hormigas.

Stress, sentenció el médico.
Le recetó unas pastillitas azules que lejos de calmarla intensificaron su frenesí.

Las hormigas crecieron y se convirtieron en chicharras.

La sonrisa iba de un lado a otro con su orquesta zumbadora.

El médico cambió las pastillitas azules por ejercicio físico.

Tienes mucha energía que canalizar. Haz un deporte que te guste.

Así que comenzó a correr.

Cuando se sintió lista hizo su primer maratón.

Llegó en los últimos lugares pero completó la distancia.

Completar un maratón le sabía a poco.

Quería ganar.

Al menos una vez.

Pidió un préstamo gordo al banco y contrató al mejor entrenador del mundo mundial.

(Hacía todo lo que el trainer le decía. Para ello primero tuvo que estudiar swahili porque era de Tanzania y no hablaba sino eso: swahili).

Dos años después (uno estudiando y otro entrenando) la sonrisa había mejorado pero no lograba entrar en los primeros diez mejores tiempos.

Por fin llegó el día de la carrera.

El trainer, que corría en la masculina, le deseó suerte y se fue a paso ligero.

Sonó la partida y la sonrisa comenzó a correr.

Llevaba buen ritmo pero la frustración era una enredadera que se pegaba silenciosamente en las paredes de su estómago.

A mayor territorio conquistado por la impotencia, más lentas se volvían sus piernas.

Estaba a punto de tirar la toalla cuando a lo lejos vio un camión.

Algo mágico sucedió en su cuerpo.

La enredadera se disolvió y sus piernas se convirtieron en las de un avestruz.

Corrió sin esfuerzo.

El pelotón jadeaba y ella cantaba.

Fue recortando distancia y tiempo sin despeinarse.

Dejó atrás a su entrenador tanzano que abrió los ojos asombrado para luego aplaudir contento.

La sonrisa fue la primera en llegar a la meta.

(Pisó la raya y un centenar de cáscaras de chicharras secas cayó en el asfalto).

Pero no paró.

Corrió, corrió, corrió.

Diez horas después seguía corriendo.

Como la ropa le rozaba se la quitó en el camino.

Al día siguiente la prensa reseñaba su hazaña:

"Nuevo récord en el maratón de Nueva York. La ganadora, que pulverizó los tiempos precedentes, no se detuvo. Cruzó tres estados persiguiendo a un camión de Omaha Steaks. El acto de premiación se posterga para la semana que viene".

La sonrisa usó parte del premio para pagar el pasaje de regreso al trainer.

Lo despidió en perfecto swahili y contrató a un transportista de carne para entrenar.

Desde entonces es vegetariana y nudista.

E imbatible en maratón.

(De cómo la sonrisa se hizo con los ochomiles, el rappel y el Ironman es otra historia...)


del blog de Lenita

1 comentario:

Genín dijo...

Lo leí cuando se lo dedicó a Sylvie.
Besos y salud